lunes, 11 de mayo de 2015

Virginia Woolf

De tanto leer policiales de Connelly y ensayos sobre tecnología, comunicación y cultura, a veces me olvido de las cosas hermosas que pueden hacerse con las palabras.

Acabo de terminar Una casa encantada y otros cuentos de Virginia Woolf. Me llevó unos cuantos relatos salirme del ritmo cinematográfico de Connelly y engancharme con los juegos circulares que propone Woolf, lo dicho que se vuelve sobre sí mismo, las mujeres que se cuentan con el ritmo divagante del fluir del pensamiento, las descripciones de una naturaleza brillante contrastando las zonas oscuras de lo humano.

Pero al final los cuentos te ganan (algunos más que otros) y te dejás llevar.

Una casa encantada y otros cuentos
"Amarillo y negro, rosado y blanco nieve, formas de todos estos colores, hombres, mujeres y chicos quedaban moteados un segundo en el horizonte, y luego, al ver la amplitud amarilla que yacía en el césped, vacilaban y buscaban sombra bajo los árboles, disolviéndose como gotas de agua en la atmósfera amarilla y verde manchándola ligeramente de rojo y azul. Parecía que todos los cuerpos burdos y pesados se hubieran unido en el calor inmóviles y yacieran apiñados en el suelo, pero sus voces salían de ellos vacilantes como si fueran llamas colgantes de los densos cuerpos de cera de las velas. Voces. Sí, voces. Voces sin palabras, rompiendo el silencio de repente con semejante profundidad de contento, semejante pasión de deseo, o, en las voces de los chicos, semejante frescura de sorpresa; ¿rompiendo el silencio? Pero no había nada de silencio; todo el tiempo los ómnibus a motor hacían girar sus ruedas y cambiaban su marcha; como un vasto nido de cajas chinas todas de acero forjado que girasen sin cesar una dentro de otra murmuraba la ciudad; en la cima de la cual las voces gritaban alto y los pétalos de miríadas de flores centelleaban sus colores en el aire." 

Woolf, V., 2013. Los jardines de Kew. En Una casa encantada y otros cuentos. Buenos Aires: Losada.